Eduardo Pérez Iribarne
Eduardo Pérez Iribarne

Jueves 16 junio 2016.

                        La “Ley de la Selva” es respetada por sus dóciles habitantes porque se fundamenta en el temor al más fuerte. Los super agresivos definen los alcances de esa norma selvática. Los administradores de esa ley son los escogidos a dedo para llevar a cabo esas instrucciones, pues en caso de incumplimiento pierden sus privilegios y sus propias vidas. Los que mandan en la selva no tienen sensibilidad, son “selváticos”. En la selva todos saben quién manda. Sus tareas selváticas son: comer, dormir, gozar, flojear, procrearse y cumplir los mandatos de los más mentirosos.

                        Se podrán escuchar voces, ecos, protestas, rebeldías, pero las órdenes se acatan y el desenlace de todas esas historias está ya decidido por los de arriba.

                        Puede haber peleas entre diversas fieras, pero mientras el orden interno no sea alterado por fenómenos meteorológicos, biológicos o de otros tipos, la estructura del poder se cumple a rajatabla porque una selva sin poder absoluto se podría convertir en una sociedad humana con opiniones diferentes, respetos mutuos, sensibilidades y consensos entre libre pensantes. Las fieras de la selva no piensan, no deciden, sólo obedecen las órdenes recibidas. Viven en manadas, cuya principal obligación es no pensar. Sólo rugen cuando sienten la presencia de infiltrados extraños, por eso su vida es “bien” simple.

                          En una sociedad humana hay discrepancias, espíritus y felicidades distintas. En la selva la felicidad plena está prohibida. Sólo está permitido adorar a las fieras más temibles. Esa vida es monótona. Allá adentro, los cambios son imposibles. En la selva no hay valores sólo pasiones. Esas fieras viven conformes con su desgracia, mejor así.

Gracias, epi

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